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Desde que tengo uso de razón recuerdo haber deseado tener muchos hijos: de niña quería tantos hijos como muñecos tenía…y tenía muchos muñecos; luego, en el internado, soñaba con tener una habitación llena de camas para los varones y otra habitación llena de camas para las hembras; el día de mi boda prometí tener en hijos, por lo menos la quinta parte de mi cortejo y lo cumplí: tuve cinco hijos. Mi cortejo estuvo formado por veinticinco niños.

Mis cinco hijos nacieron en un período de casi siete años, mientras yo avanzaba, cuando podía y como podía, mi carrera médica, la cual finalicé cuando mi última hija cumplió los tres años. Fue realamente una proeza compaginar crianza de niños y estudios de medicina.

Han pasado casi treinta años desde que se sucedieron estos hechos; yo soy pediatra ; mis hijos son hombres y mujeres de este nuevo milenio, construyendo sus propias vidas, realizando sus propias obras, dueños de su propio futuro.

Muchas veces me pregunto cómo pasó, cuales fueron las claves que me ayudaron a sobrevivir ese período tan especial y tan difícil .Quisiera compartir con ustedes esas claves.

Sentí la maternidad como una misión especial, un don, un regalo , un gran compromiso que me había dado la vida. Hice un paréntesis en mi vida durante el período en que ejercí la maternidad en la infancia de mis hijos: fue mi ocupación del momento; había que asumirlo de la forma más placentera posible; la crianza de aquellos niños no podía ser ni una esclavitud, ni una carga ni un sacrificio.

Involucré a mis hijos en el proceso; desde muy pequeñitos les di responsabilidades al ir llevando el día a día de la crianza: les colocaba en sus habitaciones, en el baño, en los pasillos, afiches que rezaban sus deberes y obligaciones; hacíamos esos afiches juntos y los renovábamos con periodicidad: ellos colocaban los muñequitos, yo colocaba las letras, se ubicaban en un sitio desde donde los pudieran divisar; los que aún no sabían leer, al ver los dibujos ya sabían de qué se trataba; cuando transgredían, yo solo tenía que referirlos a los –carteles– o decir a los mayores que ayudaran a los menores a leerlos; llegaba a ser divertido. En la cocina había un semanario con los deberes de cada uno para poner o recoger la mesa; para mayor facilidad y economía de explicaciones y discusiones se les asignó un color a cada uno: azul, verde, rojo, amarillo y rosado para mi niña: sus vajillas eran de su color, sus vasos, sus cepillos de dientes, sus servilletas, sus bultos, y hasta cuando había que comprar alguna franela o traje de baño especial.

Inculqué en ellos la lectura desde muy temprano; personalmente les enseñé a leer a cada uno cuando cumplíeron los cuatro años; funcionó muy bien cuando más adelante lograron realizar sus tareas solos; desde muy pequeños tenían su bibliotequita con sus –libros favoritos–: de imágenes al principio, luego con letras y poco a poco libros más complicados; en la noche era muy importante irse temprano a la cama, con un margen de tiempo que les permitiera leer un rato; el espacio en la habitación, aunque reducido, era personalizado y agradable para el huésped, con un rinconcito para colocar sus –coroticos favoritos de turno–, con su lamparita de cama que ellos mismos podían apagar cuando llegaba el sueño; siendo más pequeños les leíamos; luego los mayores les leían a los más pequeños; cuando yo tenía que estudiar con frecuencia los acompañaba con mis propios libros y ese modelaje silencioso fue uno de mis mejores ayudantes de crianza. Realizábamos pequeñas obras de teatro, sencillas y cortas, que ayudaron a compartir entre hermanos y a ir perdiendo el miedo escénico; cada cual se encargaba del escenario y del vestuario de su personaje y como no teníamos mucho dinero, resultaba un excelente regalo para el día del padre, para el cumpleaños de mami o para los abuelos que venían de la provincia.

Traté de incentivar la unión entre ellos; como la mayoría de los hermanos, mis hijos peleaban mucho, más aún siendo cuatro varones y tan seguidos; peleaban todo el tiempo: en la casa, en el carro, en la playa. El lema –todo es de todos– funcionó, pues -de tanto repetirlo- se convirtió en una verdad y ayudó a aprender a compartir; compartían la ropa y entonces todos tenían mayor variedad de combinaciones .

A los dos mayores se les encargó de los dos menores: eran prácticamente sus tutores, sus mentores; posteriormente a los menores se les encargó de su hermanita; lejos de estar muy agradados a veces se fastidiaban enormemente, pues podía suceder que en medio de un juego de fútbol en la playa, el mayor tuviese que suspender su juego para llevar al baño a su hermano menor, o cosas por el estilo; para subsanar esto, creamos un incentivo: todos los años en el día del padre –los tutores– tenían seguro un regalo bien especial tal y como rezaba en la tarjeta: –-¦por ser como unos padres para sus hermanitos-¦–

Haber pasado algo de trabajo no les vino nada mal a mis hijos; al ser tantos y tan seguidos no se podía tener todo; la gran excusa fue siempre la gran cantidad de gente, en cierta forma y con algo de dificultad lo llegaron a entender; hoy día, con la madurez de la edad adulta, pueden prescindir fácilmente de algo, por supuesto unos más que otros…

Fui una joven madre, llena de entusiasmo; disfruté profundamente la crianza de mis hijos, a pesar de las dificultades que nunca faltaron; siento que ese cierto grado de disciplina y orden con mis hijos fueron un elemento de gran ayuda; hoy lo reconozco como madre, como pediatra y en la Organización que presido día a día voy enseñando estos divertidos tips de crianza a todas las madres que desde la gestación llegan a mi buscando mi apoyo.

Criar es hacer un paréntesis para invertir en lo que años después vamos a cosechar en tranquilidad . Más vale que lo entendamos así y nunca nos olvidemos esto.