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Los senos saben producir leche desde siempre.

Los recién nacidos masculinos o femeninos, desarrollan una pequeña inflamación de las glándulas mamarias. Se presenta entonces una secreción conocida como –leche de brujas– que se deja quieta sin exprimir para no provocar una infección. Esto indica que todo está listo para asegurar la supervivencia de la especie más tarde.

En los niños pequeños las hormonas masculinas van a impedir el desarrollo de la glándula mamaria. En las niñas, la glándula en reposo durante la infancia, comienza a desarrollarse en el momento de la pubertad y en cada ciclo menstrual. Cuando comienza un embarazo, los senos se preparan para la lactancia debido a la influencia de las hormonas estrógeno, progesterona y galactógena placentaria; a partir del cuarto mes de gestación se comienza a producir leche. La placenta frena la producción en abundancia. A algunas mujeres embarazadas les sale leche durante el embarazo, a otras no; circunstancia que no tiene valor predictivo acerca de cómo será la producción de leche en esa madre.

A raíz del nacimiento, la expulsión de la placenta conlleva la caída del nivel de progesterona. Es esta situación la que desencadena lo que se ha llamado la –bajada de la leche-™-™ en abundancia entre el tercero y séptimo día. La leche es secretada continuamente a nivel de los alvéolos en donde se almacena hasta el momento de la lactada. Esa producción de leche es regulada por hormonas principalmente la prolactina la cual crea un clima hormonal propicio para la fabricación de leche y la oxitocina que hace trabajar los musculitos que rodean los alvéolos, para hacer salir la leche hacia la boquita del bebé, es la hormona responsable de la expulsión de la leche.

Es la succión eficiente y frecuente del pezón la que hace secretar estas dos hormonas; si no se da esa succión eficiente y extracción de la leche por parte del bebé nunca podrá suceder la producción de leche en cantidad suficiente para alimentar a ese bebé y la glándula mamaria va a involucionar es decir va a volver al tamaño que tenía antes del embarazo, hasta el próximo embarazo.

Toda mujer es capaz de producir leche para alimentar a su cría; es un mito creer que no hay suficiente leche.